La música aún retumbaba en sus oídos
cuando entraron en la habitación del hotel. Ella apretada en su traje de novia,
él ataviado de etiqueta. Habían tomado bastante champagne en la fiesta y la
enorme cama matrimonial fue el destino inmediato de la pareja. Entre besos, se
lanzaron sobre la colcha y comenzaron a desvestirse. La camisa del marido, los
zapatos de la mujer, sus prendas cayeron al piso una por una, hasta que llegó
la hora del tradicional vestido blanco. Con esmero, él empezó a deshacer los
nudos de los cientos de cordones y a desprender los botoncitos que ajustaban el
corset al cuerpo de su esposa. Paciente, ella esperó, hasta que se percató de
que ya no sentía las manos del marido en su espalda: se había quedado dormido.
Con la parte superior del vestido a medio abrir, la mujer salió al pasillo,
pidió ayuda a una mucama para que terminara el trabajo, y más tarde regresó a
la cama para rendirse al sueño ella también.
Aunque sin revelar los nombres de los
protagonistas, la organizadora de eventos Bárbara Diez cuenta divertida la
anécdota de uno de sus clientes. Con una amplia trayectoria en el mercado
local, la wedding planner asegura que la historia de los esposos que se
quedan dormidos en la noche de su casamiento es de lo más común y forma parte
de una tendencia que ocurre por lo menos desde la década de los 70.
"Antes los novios se retiraban de
la fiesta temprano mientras sus amigos y familiares los
